No me moví. No podía. Una parte de mí quería apartarse, recuperar el espacio, poner distancia y fingir que esto no estaba pasando. Pero otra parte, más traicionera, más honesta, se quedó quieta, absorbiendo la sensación. Era… reconfortante. Demasiado. El peso de su brazo me anclaba, su respiración me arrullaba de nuevo, y por un segundo absurdo me permití imaginar que esto no era un contrato, que no era una farsa. Que simplemente éramos dos personas que, en la oscuridad de las cinco de la mañana, habían encontrado refugio el uno en el otro.Entonces él gruñó, un sonido bajo y somnoliento que vibró contra mi espalda.—Apágala —murmuró, la voz ronca y espesa por el sueño, sin abrir los ojos—. Hoy no vamos a la oficina.Y antes de que pudiera responder, su brazo se apretó un poco más alrededor de mi cintura, como si quisiera asegurarse de que no me escapara. Hundió la cara en mi pelo, inhaló profundo y se relajó de nuevo, volviendo a dormirse en cuestión de segundos. Sin soltarme. Sin du
Leer más