El Bentley se deslizó por las avenidas iluminadas de la ciudad, pero Sebastián no le dio orden al chofer de dirigirse directamente a la mansión familiar. En cambio, el coche tomó una ruta secundaria, hacia un barrio residencial tranquilo, de casas antiguas y jardines cuidados. La lluvia había parado, dejando el aire fresco y húmedo. Dentro del auto, el silencio era tan denso que se podía oír el latido de mi corazón.Sebastián se había mantenido callado desde que salimos de mi apartamento. Su mano descansaba sobre su rodilla, los dedos tamborileando una vez, solo una, antes de detenerse. Finalmente, cuando el coche redujo velocidad y se detuvo frente a un parque pequeño y oscuro, iluminado solo por farolas tenues, él habló.—Para aquí —le dijo al chofer. —bájate.El motor se apagó. El chofer salió y el silencio se hizo absoluto.Sebastián se giró hacia mí. Sus ojos grises brillaban bajo la luz amarilla de una farola lejana.—Antes de llegar a la mansión, hay algo que debemos hacer.Sac
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