Léa se quedó completamente quieta a mi lado, con la boca entreabierta y los ojos abiertos de par en par. Durante un segundo eterno no dijo nada, solo lo recorrió con la mirada como si estuviera catalogando cada centímetro de piel húmeda, cada músculo tenso bajo la luz tenue del pasillo que se colaba por la puerta abierta. Luego, muy despacio, giró la cabeza hacia mí, parpadeó dos veces y soltó una risa baja, ronca, que sonó a puro asombro mezclado con diversión maliciosa.
—Joder, Chloe… —murmur