Desperté con la boca pastosa y un peso en el pecho que no era solo resaca. La habitación estaba oscura, las cortinas pesadas seguían corridas. Miré el reloj del móvil: 9:47 de la mañana. Había dormido casi dieciséis horas seguidas. Mi cuerpo había decidido apagarse por completo, como si supiera que si seguía consciente un minuto más, todo se rompería de verdad.
No había notificaciones nuevas. Ni un solo mensaje de Sebastián después de mi último texto. Eso debería haberme aliviado. En cambio, me