Sebastián se quedó inmóvil un segundo eterno, como si las palabras que acababa de soltar le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Sus ojos se abrieron un poco más, la mandíbula se le tensó hasta que un músculo le tembló bajo la piel. No dijo nada de inmediato. Solo respiró, profundo, lento, como si estuviera midiendo cuánto oxígeno necesitaba para no desmoronarse delante de mí.
—¿Quieres irte? —preguntó al fin, la voz tan baja que casi se perdió en el ruido lejano de la ciudad que entraba p