El golpeteo en la puerta no cesaba. Insistente, educado pero firme, como si quien estuviera al otro lado supiera exactamente cuánto tiempo podía permitirse insistir antes de que resultara incómodo. Me incorporé despacio, la cabeza me latía con un dolor sordo y seco, recordatorio punzante de cada copa que había aceptado la noche anterior. La habitación olía a cerrado, a alcohol rancio en la piel y a perfume caro que ya empezaba a desvanecerse. Me pasé las manos por la cara, intentando despejar l