Me desperté con la boca pastosa y un dolor sordo detrás de los ojos que gritaba “nunca más gin de pepino”. La luz de media mañana se colaba por las cortinas entreabiertas, rayas doradas que caían sobre la cama como si alguien hubiera derramado miel tibia. El aire olía a nosotros, a sexo seco, a sudor limpio, a su colonia que se había quedado pegada a mi piel.
Sebastián seguía detrás de mí. No se había movido ni un centímetro en las últimas… ¿cuántas horas? Su brazo me rodeaba la cintura, pesado