El sonido de la bofetada todavía parecía flotar en el aire del pasillo.
Gabriel permanecía inmóvil, con el rostro girado hacia un lado por el golpe que Lucero acababa de darle. Su mejilla ardía, pero aquel dolor no era nada comparado con el caos que sentía dentro del pecho.
Lucero respiraba con dificultad. Sus manos temblaban y sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero también de una furia que parecía imposible de contener.
En ese momento, Miranda dio un paso al frente, incapaz de quedarse calla