Verónica permanecía sentada junto a Lucero en la fría sala de espera del hospital. El ambiente estaba cargado de tensión y de ese silencio incómodo que suele habitar los pasillos de los hospitales, donde cada segundo parece alargarse más de lo normal.
Lucero tenía las manos entrelazadas sobre su regazo. Sus dedos temblaban ligeramente y su mirada estaba fija en las puertas del quirófano. Aunque trataba de mantenerse fuerte, la angustia la consumía por dentro. Su hijo estaba ahí dentro, y ese pen