Gabriel sintió que el corazón se le detenía.
Corrió hacia el pequeño cuerpo de Diego que yacía al pie de las escaleras. El niño estaba inmóvil por un segundo que pareció eterno, y luego comenzó a moverse débilmente.
—¡Diego! —gritó Gabriel, cayendo de rodillas junto a él.
La cabecita del niño tenía una pequeña herida de la que comenzaba a brotar sangre. Aquella imagen fue suficiente para que el pánico se apoderara por completo de Gabriel.
Diego abrió los ojos lentamente, aturdido. Sus pestañas