Elías se quedó inmóvil en medio de la sala.
Su pecho subía y bajaba con fuerza, como si cada respiración quemara. Sentía el corazón arder dentro de su pecho, latiendo con una furia que no lograba controlar. La rabia, la confusión y el dolor se mezclaban hasta volverse insoportables.
Julián lo observaba a unos pasos de distancia.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada.
El silencio era pesado, tenso, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso para respirar.
Finalmente, Julián se acercó de