El jardín de la mansión Altamirano estaba sumido en un silencio sepulcral.
—¿Qué pasa, Johnson? —preguntó Julián, con la voz ronca por la tensión—. ¿Quién es Bernardo Greco?
—Bernardo Greco no cambió su nombre, Julián —respondió Johnson, mirándolo fijamente a los ojos—. Es el mismo hombre que conociste hace quince años, en el internado St. Jude.
Julián frunció el ceño, buscando en los rincones más profundos y empolvados de su memoria.
Aquellos años de juventud en el internado de élite habían sid