El viento soplaba con una violencia inusual esa noche, rugiendo entre las estructuras oxidadas del puerto.
Venía cargado de un frescor gélido que calaba hasta los huesos y de un presentimiento de muerte que parecía impregnar el aire mismo.
En el horizonte, las nubes negras ocultaban cualquier rastro de esperanza, dejando que la oscuridad absoluta se adueñara de la costa.
Cuando el vehículo de Gerardo finalmente se detuvo frente al muelle abandonado, el chirrido de los frenos rasgó la noche.
Fue