Al día siguiente amaneció con una calma engañosa, de esas que preceden a las tormentas más feroces. El sol entraba tímido por los ventanales del comedor, iluminando la mesa del desayuno con una calidez que contrastaba con el silencio tenso que flotaba entre Julián y Elyna.
Julián dejó la taza de café sobre el platillo con un movimiento firme y la miró con esa expresión que no admitía discusión, aunque su voz sonó sorprendentemente controlada.
—Esta noche hay una cena y subasta benéfica —dijo—. Q