Ella sintió miedo.
No fue un miedo súbito ni escandaloso, de esos que paralizan el cuerpo de golpe. Fue algo más insidioso, más profundo.
Un miedo silencioso que se le instaló en el pecho como una sombra helada, extendiéndose despacio, apretándole la respiración sin hacer ruido. Y Julián lo sintió.
Lo percibió en la forma en que ella se quedó inmóvil, como si de pronto no supiera dónde colocar los pies. En cómo su respiración se volvió corta, irregular.
En el leve temblor que recorrió su cuerpo