La mansión Altamirano nunca se había sentido tan silenciosa y, a la vez, tan llena de una energía eléctrica.
Julián no permitió que Elyna caminara ni un solo paso.
Con una delicadeza, la tomó en sus brazos.
Ella se aferró a su cuello, aspirando el aroma a madera y seguridad que él siempre desprendía.
Al llegar a la habitación principal, la depositó sobre las sábanas de seda egipcia como si fuera la joya más valiosa y frágil del imperio.
—Todavía no puedo creerlo, Julián —susurró Elyna, mientras