Mundo ficciónIniciar sesiónMelissa había dedicado toda su vida a su esposo. Se casó muy joven estando completamente enamorada de quién ella creía era su príncipe azul, pero su cuento de hadas pronto se convirtió en uno de terror. Gerald Hart no resultó ser el hombre de ensueño que ella creía. Un millonario arrogante y despiadado que acabó con sus ilusiones y hasta con su vida. Pero cuando todos la creían muerta, renacerá de entre las cenizas asumiendo una nueva identidad buscando tomar venganza por todo lo que le hicieron. Esta vez, ni siquiera el dinero podrá salvar al gran magnate Gerald Heart del castigo que Melissa le ha preparado, aprenderá de mala manera por qué nunca debió romper su corazón.
Leer másLa intensa luz ciega por un momento a Melissa. Se encuentra desconcertada. Todo da vueltas a su alrededor. Abre y cierra los ojos varias veces intentando enfocar su vista en algo, pero la luz le aturde.
—¡Doctor! ¡Doctor! —escucha gritar a una chica.
Ella no sabe qué ocurre, ni donde está. Todo se siente tan extraño. Su cuerpo está débil y su boca se siente reseca. Separa los labios intentando hablar, pero no puede. Un hombre con bata blanca aparece de golpe frente a ella. Su rostro luce algo agitado y asustado. Saca una pequeña linterna del bolsillo de la bata para alumbrar sus pupilas. La luz la lastima, pero poco a poco sus ojos se adaptan y comienza a ver mejor.
—Parece estar bien —exclama con sorpresa el médico tras hacerle un rápido chequeo.
Ha evaluado todos los signos vitales de la chica quien parece estar en buen estado físico. El personal del hospital está asombrado con lo que ocurre y poco a poco se van acumulando más personas curiosas en aquella pequeña habitación. Todos han escuchado la noticia, la mujer que llegó hacía meses atrás en un coma profundo, ha despertado. Por largo tiempo los médicos, enfermeras y todo el personal de la institución intentaron descubrir de quién se trataba y más importante aún, qué le había ocurrido, pero hasta ese momento sus esfuerzos habían sido infructuosos.
—¿Puede recordar su nombre? —preguntó el médico.
Melissa lo observó un poco aturdida. Todas las personas en la habitación esperaban en silencio aquella revelación. La chica se había convertido en el misterio más grande que había tenido aquel hospital y todos estaban ansiosos de descubrir finalmente la verdad.
—Agua.
Fue todo lo que alcanzó a decir la joven después de unos segundos de silencio. Se sentía muy mal, la garganta le ardía como si estuviese en llamas y los labios secos y partidos le dolían. Una enfermera se apresuró a acercarle un vaso con agua para que sorbiera con ayuda de un pitillo. Melissa ingirió un par de tragos y luego se recostó en la cama cerrando los ojos. El vital líquido le calmó el malestar que sentía, pero aún le aturdían las luces.
—¿En dónde estoy? —preguntó finalmente aún con los ojos cerrados.
—En el hospital privado Sagrado corazón de Jesús
—¿En dónde está eso?
—River glow
Melissa arrugó la cara con confusión ¿cómo había llegado hasta ahí? Estaba muy lejos de la ciudad donde ella vivía. De pronto unas imágenes aparecieron en su mente dándole la respuesta. Gerald, su esposo, la había arrojado a un río.
—Lleva en coma varios meses —continuó hablando el médico. Melissa permanecía con los ojos cerrados, pero escuchaba atenta sus palabras—. Llegó aquí malherida, tenía varias lesiones en la cabeza por lo que no sabíamos si despertaría. Intentamos ubicar a su familia, pero no pudimos identificarla ni lograr encontrar a alguien que la reconociera… ¿Puede recordar algo?
Sí recordaba, claro que recordaba muy bien todo lo que había ocurrido. Su querido esposo había intentado asesinarla, pero no lo había logrado. Ella estaba viva y más importante aún, quería vengarse. Se vengaría de él y de todos aquellos que quisieron sacarla del camino.
—¿Señorita? —interrogó el médico observándola.
Melissa abrió los ojos y miró a aquel hombre de pie frente a ella. Debía aprovechar la ventaja que tenía. Todos pensaban que ella había muerto, no la buscarían ni harían ningún intento por encontrarla, eso le permitiría armar muy bien su plan y llevar a cabo su venganza, pero para eso debía asumir una nueva identidad, debía dejar atrás a Melissa Hart, la esposa devota del magnate Gerald Hart, esa mujer había muerto, desde ahora había nacido una nueva mujer. Una que no se dejaría pisotear más por ningún hombre. Ya no sería la chica buena de la que todos se aprovechaban. Había renacido y estaba lista para cambiar las cosas.
—Lisa… mi nombre es Lisa Grimt —aseguró tranquilamente.
El hombre se apresuró a tomar nota.
Las 11:47 de la noche. Lisa no dormía.No dormía desde que había visto a ese hombre en la calle. Desde que Anderson había entrado en su habitación con esa amenaza velada que le erizó la piel de una forma que nada tenía que ver con el miedo.Alicia dormía profundamente en la cama de al lado, su respiración tranquila, ajena a la tormenta que se desataba en la mente de Lisa. Ella estaba sentada en la oscuridad, junto a la ventana, con un cigarrillo que había robado de una enfermera. No lo fumaba. Solo lo sostenía, dejando que el papel se consumiera lentamente mientras sus ojos rastreaban las calles vacías.El humo se elevaba, fantasmal, dibujando siluetas que le recordaban los sueños.Ese hombre. El de la calle. El de sus sueños.No era coincidencia. Nada en su vida era coincidencia. Desde que despertó en ese coma, todo había sido una orquesta de movimientos calculados. Ella era la directora. O al menos, eso creía.La puerta se abrió sin tocar.Lisa ni se movió. Sabía exactamente quién e
Las sábanas de la clínica eran ásperas comparadas con la seda que Lisa recordaba. No que quisiera recordar. Aquella vida —la de Melissa Hart— había muerto en el río con Gerald intentando ahogarla.Lisa despertó sudorosa a las 3:47 de la madrugada. Su corazón acelerado latía como si hubiera estado corriendo. El sueño había sido tan vívido, tan real que sus dedos aún temblaban.Un hombre en la sombra. Alto con el rostro difuminado pero intenso. Sus ojos... No, no podía verlos claramente. Pero sentía su mirada. Sentía sus manos sobre su piel, recorriéndola como si quisiera memorizarla. Una voz ronca susurrando su nombre. No Lisa. No Melissa. Solo... ella.Se levantó silenciosamente, cuidando de no despertar a Alicia. La habitación estaba en penumbras, iluminada apenas por las luces nocturnas que se filtraban desde la ventana. Se acercó al espejo del baño y observó su reflejo: ojos de hielo, labios rojos, cuerpo frágil que escondía un depredador.¿Quién era ese hombre en sus sueños?Una p
La mañana siguiente amaneció en un silencio que Lisa sabía cómo usar a su favor. Alicia dormía profundamente en la cama de al lado, sus manos reposaban sobre su vientre embarazado, protegiendo al hijo que aún no conocía. Lisa observó a su compañera durante unos segundos, sintiendo una punzada de algo que casi podría confundir con culpa, pero rápidamente lo apartó. La culpa era un lujo que no se podía permitir.Se incorporó lentamente, cuidando cada movimiento. La herida en su costado aún ardía, pero había aprendido a convivir con el dolor. De hecho, lo necesitaba. Era un recordatorio constante de lo que Gerald le había hecho, y eso mantenía su mente enfocada.Alicia se removió en la cama, entreabriendo los ojos.—¿Ya estás despierta? —preguntó con esa dulzura que caracterizaba cada una de sus palabras.—No podía dormir —respondió Lisa con su sonrisa frágil perfectamente calibrada—. Pensaba en todo lo que me compartiste ayer.Alicia se incorporó, acomodando el cabello detrás de su orej
La puerta de la clínica se cerró silenciosamente tras la enfermera. Lisa permaneció en la oscuridad de su habitación, observando los reflejos de las luces nocturnas de la ciudad a través de la ventana. Sus ojos de hielo procesaban cada palabra que acababa de escuchar de Alicia. Los Vitolli. El apellido resonaba en su mente como una campana funeraria.No fue una coincidencia, nunca lo fue.Una hora después, un suave golpe en su puerta la sacó de sus pensamientos. Lisa se había cambiado de la bata clínica a un conjunto de pijama blanco que la enfermera le había dejado. Cuando abrió, encontró a Anderson: un hombre alto, de facciones aristocráticas, con una mirada que transmitía tanto autoridad como calidez. Su presencia imponente llenó el umbral.—Quería conocerte personalmente —dijo con una sonrisa que no llegaba completamente a sus ojos—. Alicia habla muy bien de ti.Lisa sintió una descarga eléctrica recorrer su columna. Debía medir cada palabra, cada gesto. Era un depredador, y ella
La luz de la mañana se filtraba tímidamente a través de las cortinas blancas de la habitación. Lisa abrió los ojos, su mirada era como un témpano de hielo: fría, calculadora, pero con un fuego interno que ardía con una intensidad demoledora. No era una mujer derrotada, sino una guerrera renaciendo de sus propias cenizas.Se incorporó lentamente, observando cada rincón de la habitación de la clínica. Sabía que estaba en el lugar perfecto para reconstruir su plan. Su mente era un laberinto de recuerdos, de dolor, de rabia contenida. Cada respiración era un paso más cerca de su venganza.Giró su cabeza y en el umbral de la puerta, una mujer joven y embarazada, la miraba con sorpresa.—Hola. Me llamo Lisbeth... bueno, me puedes decir Lisa… Supongo que tú eres mi compañera de habitación –exclamó con una pequeña sonrisa.La mujer no lograba salir de su shock. Lisa la observaba en silencio recostada desde su cama a la espera de una respuesta. Solo le sonreía con los labios cerrados mientras
La intensa luz ciega por un momento a Melissa. Se encuentra desconcertada. Todo da vueltas a su alrededor. Abre y cierra los ojos varias veces intentando enfocar su vista en algo, pero la luz le aturde.—¡Doctor! ¡Doctor! —escucha gritar a una chica. Ella no sabe qué ocurre, ni donde está. Todo se siente tan extraño. Su cuerpo está débil y su boca se siente reseca. Separa los labios intentando hablar, pero no puede. Un hombre con bata blanca aparece de golpe frente a ella. Su rostro luce algo agitado y asustado. Saca una pequeña linterna del bolsillo de la bata para alumbrar sus pupilas. La luz la lastima, pero poco a poco sus ojos se adaptan y comienza a ver mejor.—Parece estar bien —exclama con sorpresa el médico tras hacerle un rápido chequeo. Ha evaluado todos los signos vitales de la chica quien parece estar en buen estado físico. El personal del hospital está asombrado con lo que ocurre y poco a poco se van acumulando más personas curiosas en aquella pequeña habitación. To
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