—Sí —confirmó el doctor, con una gravedad que hacía eco en las paredes—. Estás embarazada, Elyna.
Elyna rompió a llorar de inmediato. No eran solo lágrimas de alegría; eran lágrimas de incredulidad absoluta, una mezcla de éxtasis y un terror que la hacía temblar desde los huesos.
Se llevó las manos al rostro, sintiendo el calor de su piel.
—Pero… ¡Dijeron que no podría! —sollozó ella, mirando a su esposo—. Julián, me dijeron que mi útero era demasiado débil, que después de aquel accidente, la v