El jardín de la mansión Altamirano estaba sumergido en el aroma dulce de las magnolias, pero para Esteban, todo era una negrura absoluta.
Avanzaba con pasos vacilantes, su bastón golpeando rítmicamente el sendero de piedra, mientras su asistente lo guiaba hacia el sonido de las risas infantiles de Elías.
Elyna observaba la escena desde su diván en el porche, protegida por mantas de lana y el reposo estricto que su condición exigía.
Al ver a Esteban, no sintió odio, solo una profunda y desgarrado