Elyna estaba recostada en su cama, con la mirada fija en el techo, observando cómo las sombras se deslizaban lentamente por la habitación conforme avanzaba la noche.
La luz tenue de la lámpara apenas alcanzaba a iluminar los contornos de los muebles, y el silencio era tan profundo que le permitía escuchar su propia respiración, irregular, pesada, como si cada inhalación arrastrara consigo un pensamiento que se negaba a desaparecer.
No lograba dormir.
Su mente era un campo de batalla.
Pensó en Es