El teléfono de Elyna cayó al suelo con un golpe seco. No fue un ruido estruendoso, pero sí definitivo, como si marcara el instante exacto en que todo lo que aún quedaba en pie terminara de romperse.
Antes de que pudiera agacharse para recogerlo, antes incluso de que su mente procesara lo que estaba ocurriendo, Esteban la sujetó del brazo con una fuerza que no admitía resistencia. Sus dedos se cerraron alrededor de ella como una garra, ásperos, posesivos, y la arrastró sin miramientos hacia el au