El reloj de pared marcaba las cuatro de la madrugada con un tic-tac rítmico que parecía resonar en el vacío del pecho de Julián.
El sueño lo había abandonado.
Se levantó con sigilo, cuidando de no perturbar el descanso de Elyna, la mujer que se había convertido en su norte y su ancla.
Tras lavar su rostro con agua fría para disipar las brumas del cansancio, su cuerpo reclamó el calor de las sábanas, pero un instinto más antiguo y poderoso lo guio hacia la recámara contigua.
Era el instinto del g