La luz gris del amanecer encontró aún despierta, contemplando desde la ventana el lugar donde horas antes la furgoneta de Gael había estado estacionada. Su partida no me trajo paz, sino una inquietud más profunda. El mensaje era claro: mi período de gracia había terminado. Lo que Félix llamaba "libertad vigilada" se había transformado en un asedio descarado, y cada hora que pasaba me acercaba inexorablemente hacia él.
El ritual matutino de vestir la bata blanca se sentía como ponerse una piel a