La puerta de la furgoneta se cerró detrás de mí con un golpe sordo que resonó en el silencio del vehículo como un punto final. Gael arrancó el motor sin mediar palabra y nos alejamos del callejón trasero del hospital, dejando atrás el coche negro y sus ocupantes fantasmales. No hizo ningún comentario, ni preguntó si estaba bien, pero su silencio era más elocuente que cualquier reproche. Era el silencio de quien había cumplido una orden esperada.
Miré fijamente por la ventana lateral, viendo cóm