Pasé la noche en vela, acurrucada en el sofá frente a la ventana. El coche negro permaneció en su puesto hasta el amanecer. No era protección; era una exhibición de control. Un recordatorio de que mi "libertad" tenía correa.
Al salir el sol, el coche se fue con precisión militar. No era un abandono; era un relevo. Esa eficiencia me enfrió la sangre más que cualquier amenaza directa.
El segundo día en el hospital fue una tortura refinada. Romina había perfeccionado su acoso: ahora usaba sonrisas