La mansión junto al acantilado y las dunas nos recibió con el silbido del viento salino y el mismo silencio sepulcral que recordaba. No era un regreso, era una retirada estratégica. Rossi estaba haciendo movimientos demasiado audaces en la ciudad, y Félix, como un gran jugador de ajedrez, prefería reposicionar a su pieza más valiosa en un lugar que solo él controlaba por completo.
Al cruzar el umbral, mi mirada fue directamente hacia el ala oeste. Hacia la puerta de roble. Ya no era un misterio