La nueva casa era un espejo de Félix: impoluta, controlada, fría en su perfección. Pero en la intimidad del dormitorio principal, el aire aún olía a sexo y a piel sudorosa. A rendición. Aceptar ser su sumisa había sido como soltar un lastre que no sabía que cargaba. Una entrega que, en la cama, bajo sus manos expertas, había sentido como libertad.
Pero la luz de la mañana era cruel. Iluminaba las grietas en mi euforia.
Félix ya estaba vestido, de pie frente al ventanal, su silueta recortada con