El vestido que Gael había proporcionado era una armadura de seda negra y tacones de aguja. No era ropa para una doctora; era el disfraz de una confidente de alto nivel, alguien que podría moverle los hilos a un médico corrupto. Me miré en el espejo del apartamento franco, arreglando una hebra de cabello que se había escapado del moño severo. Los ojos que me devolvían la mirada no eran los de la Clara de antes. Eran más oscuros, más decididos. Más peligrosos.
Félix observaba desde la puerta, apo