La luz del amanecer pintaba franjas de oro sobre la piel desnuda de Félix, iluminando el paisaje de cicatrices y músculo que ahora me era tan familiar. Dormía profundamente, una rareza que observaba con una mezcla de ternura y posesividad. La noche anterior había sellado algo entre nosotros: una tregua feroz, una alianza carnal que iba más allá de la obsesión o el cautiverio.
Pero la paz era un lujo efímero. Un suave golpe en la puerta del apartamento franco nos sobresaltó a ambos. Félix se inc