El aire en la oficina-celda era estático, cargado con el olor a polvo de hormigón y la ferocidad silenciosa que emanaba Félix. Su pregunta flotaba entre nosotros, tan afilada como una navaja. ¿Estás lista para aprender la segunda lección?
Mi orgullo herido quería gritar que sí, que estaba lista para cualquier cosa, pero la parte de mí que aún era Clara Montalbán, la doctora, sabía que la arrogancia era lo que nos había metido en ese hoyo. Tragué saliva, consciente del calor de sus dedos aún en