El cañón de la pistola de John brillaba bajo las luces halógenas, un ojo negro e implacable apuntando a la sien de Félix. La orden flotaba en el aire, obscena y pesada. Arrodíllate.
Amanda, ahora libre pero tambaleándose, me miró con los ojos desencajados, llenos de un terror que reflejaba el mío. Rojas, inmóvil como una estatua, evaluaba la situación con una mirada gélida, calculando ángulos imposibles.
Félix no se inmutó. Su postura era de una rigidez hierática, pero en sus ojos ardía una tem