La puerta se cerró tras Félix, dejándome sola con el vestido rojo tendido sobre la cama como una promesa sangrienta. Las lágrimas habían cesado, absorbidas por un frío interno que parecía congelar hasta el aire que respiraba. No era tristeza. Era resignación. La clase de resignación que precede a una tormenta.
Valeria no sonrió cuando entré en la suite iluminada por velas. Su expresión era tan impecable como su postura: erguida, precisa, como un arma lista para ser utilizada.
—El vestido —dijo,