Las lágrimas se secaron al instante en mis mejillas, congeladas por el tono de su voz. No era una orden, era un hecho. Lo que viniera a continuación era inevitable. Me levanté del sillón, avergonzada de mi propio desplome, y me sequé la cara con el dorso de la mano. No le daría el gusto de verme destrozada por más tiempo.
Félix entró y cerró la puerta tras de sí. El dosier grueso que llevaba lo dejó caer sobre el escritorio con un sonido sordo y pesado. No parecía enfadado, ni triunfante. Parec