La madrugada los encontró entrelazados, sudorosos y exhaustos, pero lejos de saciados. El primer acto había sido una reclamación posesiva, una demostración de poder físico tan visceral como un terremoto. Pero Félix sabía que el verdadero arte de la dominación no residía en la fuerza bruta, sino en la variedad, en la exploración meticulosa de cada faceta de la sumisión. Era un arquitecto del placer, y el cuerpo de Clara era su lienzo, su templo y su instrumento. La posesión inicial era solo el p