El silencio en el búnker era absoluto, roto únicamente por el zumbido residual de servidores que se apagaban uno tras otro, como órganos fallando en un cuerpo que acababa de expirar. Félix permanecía inmóvil frente a la figura de Alistair Finch, cuyo cuerpo, reclinado sobre la consola principal, parecía más una escultura abandonada que un cadáver. La serenidad en el rostro del profesor resultaba perturbadora, un último gesto de superioridad intelectual desde más allá de la muerte. No había sens