La luz del amanecer se filtraba por las ventanas blindadas de la clínica, iluminando motas de polvo que danzaban como espectros en el aire enrarecido. El cuerpo de Alistair Finch había sido removido, su búnker, sellado y abandonado como una tumba de acero y datos. Pero su presencia, o más bien la ausencia que dejaba, era más palpable que nunca. Félix, de pie frente al mapa de amenazas en el centro de mando, sentía el peso de un nuevo tipo de guerra. Ya no se enfrentaban a un estratega, sino a u