El eco metálico de la puerta de la celda al cerrarse para siempre sobre el cadáver de John aún resonaba en sus oídos, un tañido fúnebre que marcaba el fin de una era y el comienzo de otra más incierta y siniestra. Félix y Clara caminaban en silencio por los pasillos blanquecinos de la clínica, un silencio cargado no de incomodidad, sino del peso compartido de lo que acababan de orquestar. La muerte era un acto administrativo más en su mundo, pero esta vez venía acompañada de una revelación que