El aire de la noche olía a libertad. A asfalto mojado, a distancia, a una vida que ya no me pertenecía. El motor del coche negro ronroneaba como un gato paciente, su puerta trasera abierta como una boca oscura que me invitaba a entrar y ser devorada por la normalidad.
Rojas esperaba, impasible, su silueta recortada contra la luz tenue del vestíbulo. No me apremiaba. No me amenazaba. Solo esperaba. Era la prueba final, la más cruel de todas.
Un paso. Solo un paso me separaba del coche, de la far