La frágil paz que siguió a la estabilización de Emma duró menos de seis horas. El nuevo día llegó con la luz del amanecer filtrándose por las persianas blindadas de la suite, iluminando el agotamiento grabado en los rostros de Clara y Félix. Ella descansaba en su butaca, fingiendo dormir para no preocupar a Anya, quien monitoreaba a los gemelos con devoción silenciosa. Él, en su cama, tenía los ojos cerrados, pero la tensión en su mandíbula delataba una vigilia activa, una mente que no cesaba d