El amanecer encontró a Clara dormitando en una asiento junto a la incubadora de Emma, su mano extendida hacia el cristal como si pudiera transmitirle fuerza a través del vidrio. Habían logrado estabilizar a los gemelos durante la noche, pero algo en la respiración de la más pequeña la mantenía en vilo. No era algo que apareciera en los monitores con alarmas estridentes, sino un conocimiento visceral, una sintonía que solo una madre puede percibir.
Anya, cuyas ojeras delataban otra noche de vigi