La llave temblaba en mi mano, sudorosa y fría al mismo tiempo. La puerta de roble oscuro del ala este se alzaba ante mí, imponente y silenciosa, como la entrada a una tumba o a un santuario. Todo en esta casa era una contradicción. ¿Encontraría detrás de ella la prueba definitiva de la monstruosidad de Santoro? ¿O sería una celda, una trampa que se cerraba para siempre sobre mí?
La advertencia de Santoro resonaba en mi cabeza: "Hay que estar seguro de estar preparado para lo que se encuentra, a