Diez minutos.
Las palabras de Gael flotaban en el aire enrarecido de la suite como una sentencia de muerte digital. Clara podía sentir el peso del reloj invisible contando cada latido, cada respiración. A través de la cámara del dron, veía a Reyes de pie junto a los servidores, inmóvil, observando la pantalla de su terminal con la satisfacción tranquila de un hombre que había plantado una bomba y esperaba su explosión final. No había prisa en él. Solo la paz macabra de quien cree que su misión