La quietud de la mansión se volvió opresiva después de la partida de Félix. No era el silencio habitual, sino el de una fortaleza que se apresta para el asedio. Clara lo sentía en el aire: los pasos de los guardias eran más rápidos y numerosos, el runrún de los sistemas de comunicación filtrados desde el estudio de Félix era constante, y hasta la luz que se filtraba por las ventanas blindadas parecía más gris, cargada de presagio.
El video de la ejecución en la clínica había quemado cualquier ú