La rutina se instaló en la mansión con la pesadez de un letargo. Los días se medían por los pequeños ritmos que Clara había negociado: el desayuno puntual, la visita del doctor Vendrell, la hora sagrada en el invernadero bajo la mirada impasible de Rojas. Clara era el modelo de docilidad. Comía con apetito, respondía con educación, y su rostro había aprendido a esbozar una serenidad que engañaba a casi todos.
Casi.
Félix observaba. Siempre observaba. A través de los monitores, en sus visitas br