El salón de baile del hotel más lujoso de la ciudad era un caleidoscopio de riqueza y poder. La Gala Anual del Hospital Universitario de Santa Aurelia reunía a lo más granado de la élite, pero para Clara Montalbán, cada sonrisa era una máscara, cada apretón de manos un cálculo. Se movía con la gracia estudiada de quien ha aprendido a navegar en aguas infestadas de tiburones, su vestido azul noche una armadura de seda contra las miradas curiosas.
A su lado, Félix Santoro era un faro de autoridad