El aire en el nivel subterráneo de la Clínica San Miguel era frío y quieto, filtrado por sistemas de recirculación que no permitían el más mínimo rastro del mundo exterior. La celda de máxima seguridad no era un calabozo, sino la culminación de una pesadilla aséptica. Dentro, bajo la luz clínica de LEDs empotrados, Alessio Rossi estaba sentado en la única pieza de mobiliario, una banqueta fijada al suelo.
Al otro lado del cristal, en la sala de observación sumida en la penumbra, Félix y Clara l