La luz grisácea del amanecer se colaba por los resquicios de las cortinas blackout, dividiendo la oscuridad en franjas pálidas e impersonales. No había amanecer espectacular, no había canto de pájaros. Solo el lento e inexorable cambio de un negro absoluto a un gris plomizo que no prometía nada bueno. No había dormido. Había permanecido acurrucada en la cama, tensa como un resorte, escuchando cada uno de los suspiros de la casa y reviviendo una y otra vez la visita nocturna de Santoro. Sus pala