La sala de control de la clínica estaba sumida en un silencio tenso, roto solo por el zumbido de los servidores y el suave tecleo de Gael. Félix permanecía de pie, inmóvil, con los brazos cruzados, observando cómo los datos del USB de Valeria se desplegaban en las pantallas principales. Cada nuevo plano, cada anotación, cada horario precisamente detallado, era a la vez un tesoro de inteligencia y un recordatorio de la transacción oculta que había tenido que hacer para obtenerlo.
—Es él —confirm