La noche envolvía la ciudad como un sudario negro, salpicado de forma intermitente por las luces distantes de edificios que, como colmenas de acero y cristal, guardaban sus propios secretos. A las 22:45, un Audi negro, común hasta la invisibilidad, se deslizaba con fluidez silenciosa por las avenidas desiertas del distrito financiero. Félix iba al volante, sus manos firmes sobre el cuero, su rostro una máscara de granito iluminada por el tenue resplandor azulado del tablero. No llevaba guardaes