La luz de la mañana encontró a Clara en el gimnasio de la clínica, golpeando un saco de boxeo con una furia contenida que no era solo por Samuel Corvalán. Cada golpe era para el fantasma de su padre, profanado; para la carta, para la sensación de vulnerabilidad. Pero también, en un rincón oscuro de su mente, para la sombra de una mujer que aún no tenía nombre.
Félix la observaba desde la puerta, los brazos cruzados. Admiraba la ferocidad que ahora fluía tan naturalmente en ella. Se acercó cuand