La carta de Samuel Corvalán yacía sobre el escritorio de Clara como una serpiente enroscada, cada palabra un veneno que goteaba lentamente en su mente. El estetoscopio idéntico al de su padre había sido retirado por Gael para su análisis forense, pero su imagen permanecía grabada a fuego en su retina. Era más que una intrusión; era una profanación. Corvalán no solo había investigado su vida, había hurgado en sus afectos más puros, en la memoria sagrada que sostenía a la doctora que una vez fue.